Agustín nació en el norte de África romana y pasó años persiguiendo la ambición, la certeza intelectual y una vida que más tarde examinó sin autojustificaciones. Su conversión no fue un momento emocional único. Fue una larga entrega que involucró la filosofía, las Escrituras, la predicación de San Ambrosio y la oración persistente de su madre, Santa Mónica.
En un jardín en Milán, mientras estaba atormentado por la vida que parecía no poder dejar, Agustín escuchó una voz infantil que le decía que tomara y leyera. Abrió las cartas de San Pablo y comprendió que debía dejar de posponer la decisión. Ambrosio lo bautizó en la Vigilia Pascual del año 387. Agustín regresó a África, se convirtió en sacerdote y obispo, y pasó el resto de su vida ayudando a otros a nombrar esa misma inquietud que él había conocido desde su interior.